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Nuestra lucha debe guiarse por principios claros. No podemos permitir ser manipulados por políticos, ni podemos desviarnos de nuestros propósitos últimos de cambiar todo. Los principios más importantes son la unidad, la solidaridad y la independencia.
La unidad significa que las legítimas diferencias que existen entre nosotros deben quedar subordinadas a la lucha común. Las discrepancias políticas, doctrinarias, religiosas, etc., son legítimas, pero no deben entrabar el esfuerzo por un futuro mejor. La unidad no debe rebajarse para fines mezquinos. Muchos hablan de ella, y sólo buscan beneficios personales o políticos. Eso debe ser rechazado. Nuestra acción debe enmarcarse estrictamente en la tarea social de mejorar la situación de nuestro pueblo, en defender su dignidad y sus derechos. Los estrechos propósitos político-partidistas, sean electorales o de otra índole, nada tienen que hacer a la hora de unirnos. No se puede jugar con la idea de la unidad. Eso sería el máximo engaño, pues la unidad representa la mayor escala de desarrollo moral de un pueblo. Es el único camino que tenemos para conquistar un destino digno de nuestras aspiraciones.
Este gran principio tiene un correlato indispensable, la solidaridad. Quien pretende salvarse solo, se hunde. Quien apoya a sus semejantes, contará, a su vez, con la colaboración de decenas de miles, de centenares de miles de manos, que acudirán prestos a la ayuda. ¡Cuántas luchas se podrían haber ganado, si se hubiese existido ese apoyo fraterno y solidario! ¡Nunca más solos! Esa es la consigna rectora que debe guiar las movilizaciones por nuestros derechos.
Finalmente, debemos defender la necesaria independencia de nuestra acción. Perder la independencia, frente al gobierno, políticos y los grandes empresarios, equivale a hipotecar la casa propia, construida con el esfuerzo de años. Significa renunciar a nuestra libertad y endeudarnos de por vida con intereses ajenos, siempre mezquinos, nunca generosos. Como trabajadores sabemos que en estas materias no puede haber nada en común con quienes se benefician de nuestra miseria.
La experiencia demuestra que todas las veces que el pueblo se ha unido ha logrado sus fines. Hasta las épocas más oscuras de nuestra historia las hemos superado apelando a la unidad del pueblo. Incluso hemos sobrellevado, para admiración del mundo entero, grandes catástrofes inflingidas por la naturaleza, gracias al espíritu solidario de los chilenos. En cambio, las peores derrotas y agravios acontecieron cuando la unión se debilitó.
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